Violencia, redes y responsabilidad social

Sant Julià de Ramis acontecía, el pasado 1 de octubre, el punto de partida de lo que sería un pasaje electoral marcado por la violencia. Desde entonces, no ha habido más remedio que ir asumiendo golpes del derecho y del revés, los físicos y los que no lo son. Un vergonzoso conjunto de despropósitos a ritmo de olla a presión. También en la red.

Cataluña estaba en un bombardeo informativo donde imperaba la inmediatez -a un ritmo más frenético que el habitual- sin dejar muchas rendijas para reflexionar y asumir lo que sucedía. Es así como me crucé con una foto de un fantástico desayuno acompañado un texto similar a “desayunando esta delicia en Barcelona” en el timeline de Instagram. ¡No me lo podía creer! Alguien que vive en Barcelona, con miles de seguidores, se quedaba tan ancho con aquella compartición y hacía oídos sordos a lo que sucedía en las calles de su ciudad.

El paso de las horas me demostraba que no era la única que había tenido esa sensación de incoherencia, a pesar de saber que cada uno emplea sus canales como quiere, cuando quiere y para lo que quiere. Iban saliendo voces que reclamaban saber algo de sus referentes digitales, los llamados influencers. Desde los que tienen pocos miles hasta los que tienen decenas y cientos de miles de seguidores, es indiferente.

El debate está abierto y surgen diferentes preguntas: ¿Alguien con cierta capacidad de influencia debe ignorar el inusual violencia? ¿Debe manifestar los ataques violentos a la democracia? ¿Debe mostrar cuál es su percepción de los hechos? ¿Cómo se deben gestionar las redes sociales en una situación así cuando tienes un perfil que bajo tu cara física también representa el nombre de una empresa y sus trabajadores? ¿Cómo se deben gestionar los canales 2.0 cuando forman parte de lo que te paga el sueldo a fin de mes? ¿Cómo debes trabajar cuando eres líder de opinión en unos públicos o sectores determinados? El debate es intenso y como profesional/docente del sector de la comunicación en la red creo que nos encontramos ante un nuevo escenario que nadie nos ha enseñado cómo se puede gestionar sin salir ileso. Yo tampoco tengo la respuesta.

Curiosamente el debate aflora a partir de 1 de octubre de 2017, pero tampoco puedo dejar de pensar que el 17 de agosto de 2017 también hubo un ataque violento en la ciudad de Barcelona que haría temblar a toda la población y en aquel momento no noté que emergiera este debate. No había problema en mostrarse en contra de la violencia, parecía que había un consenso manifiesto y no escrito. Personalmente, pienso que cualquier persona con cierta capacidad de influencia debe asumir que también tiene cierto grado de responsabilidad social. Y entre un ataque y otro veo que la diferencia está en la proximidad del atacante.

En la búsqueda de respuestas he ido recopilando algunos argumentos de personas con un gran volumen de seguidores en la red sobre decir o no decir algo ante esta situación. Destaco algunos: “si doy mi opinión política, perderé seguidores”, “debe haber derecho al silencio”, “la comunidad me sigue para recibir un contenido muy específico”, “no visibilizar los hechos en la red no es sinónimo de no sentir tristeza por lo que sucede “. De entre todos estos hay algunos que me cuesta comprender más que otros, pero después de varias conversaciones intuyo que tras esta situación hay un rasgo común: el miedo. Un miedo que provoca infinidad de sentimientos y una situación de “y ahora que hago?”.

Nadie debe exigir a nadie que se posicione políticamente. Al igual que cualquier persona tiene derecho a no hacer pública su votación. Pero una situación de violencia insólita me parecía motivo suficiente como para hacer saber al mundo que algo no estaba yendo como tenía que ir. Al mismo tiempo, votes lo que votes, considero que en democracia un mensaje de condena de la violencia debe poder compartir todos y que no hubiera estado de más. Como dice la comunicadora y empresaria Txell Costa, “habrá personas, quieras o no quieras decir nada, que te reclamarán algo porque cada día nos exponemos a ellas y en una situación así también quieren saber de sus referentes digitales”. Decirlo no es posicionarse políticamente de forma pública, es condenar una situación donde los derechos de una sociedad están violando. Y en referencia a los líderes de opinión en la red, la misma Txell Costa dice: “es básico y sensato ser uno mismo, sin máscaras, no permitiendo que el miedo sea el que permita mostrarnos cómo haciendo ver que no hacemos nada porque es extrañísimo. Existe la vía de trabajar la parcela digital de cada uno responsabilizándonos bajo la idea de aportar valor”.

Hay quien está dispuesto a mostrarse, día sí y día también, a su audiencia, pero en jornadas como las de estos días es capaz de hacer silencio o, aún peor, ignorar la realidad. En todo ello a mí sólo me venían a la cabeza las palabras del teórico de la comunicación humana Paul Watzlawick: “no se puede no comunicar”. Es decir, decir algo comunica algo, pero hacer silencio o mostrar ignorancia también comunica y se abre un abanico incierto de interpretaciones que, aunque nos resistamos, pueden no ser las que queremos o pretendemos.

Así es como no puedo entender que en este marco el 1 de octubre se optara por el silencio, cuando el atentado a Las Ramblas no supuso el mismo. Por suerte, poco a poco y de forma escalonada, fueron saliendo reacciones que rompían el silencio y lo hacían intentando apelar al mal menor. A pesar de ello, hay trabajo por hacer, pero si este debate que se ha abierto sirve para romper miedos y actuar, me siento satisfecha.

Artículo publicado en El Eco de Sitges el 13 de octubre de 2017